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lunes, 23 de diciembre de 2013

"EL CHUY" GUDIÑO

- ¿Te acuerdas de “El Chuy” Gudiño? - ¿Nuestro entrenador en los “Tlacuaches de Ixtapaluca“? ¡Personajazo! - ¿Recuerdas cómo se empeñaba en enseñarnos la manera de quebrar contrarios? - Ja, ja ja, sí. Con esa técnica reventé al “Gallo” Salazar y el árbitro ni se dio cuenta. - Bien canijo “El Chuy“, un costal de mañas. - Lo corrieron del equipo por robarse los balones, ¿no? - Sí, y también porque esa temporada perdimos todos los juegos. - Es que sus entrenamientos eran bien chafas. El cabrón se pasaba todo el tiempo hablándonos de lo chingón que era cuando jugaba. - Y todos los días nos ponía la imagen del golazo que le hizo a las Chivas, dizque para motivarnos. Creo que fue el único que anotó. - Siempre quería que lo invitáramos a nuestras fiestas. - Era re pedote el güey. A las seis de la mañana había que sacarlo cargando y meterlo a un taxi. - También le gustaba el perico. - De todo se metía ese cabrón, hasta piedra. - Y le encantaba ligarse a las quinceañeras. - Asaltacunas “El Chuy“, pero bien que las chamaquitas lo seguían, es más, dicen que dejó cargada a la hermana de “El Cejas”. - ¡No mames, esa no me la sabía! - Es lo que cuentan. - ¿Qué habrá sido de él? - Pus quién sabe. - Estará en una granja desintoxicándose, o entrenando presos, en una cárcel. - Lo más seguro. - Préndele a la tele, ya va a empezar el juego. - ¿En que canal es? - En el 2. - … de última hora nos informan que Pepe Talavera fue cesado de la dirección técnica de los Pumas y que ha partir de hoy el equipo universitario será manejado por Jesús Gudiño, hasta ahora entrenador de la filial de Segunda División… - ¡Hijo de su ma…! - Hay que buscar a ese cabrón, invitarle unas chelas y pedirle que nos de una oportunidad, igual y así salimos de talacheros. - Te estás tardando.

martes, 21 de mayo de 2013

El Forajido

Por: Antonio Tranquilino


El Forajido (Col. Villa Coapa, Delegación Coyoacán) 

Hola, mi nombre es el “pasa” y sí, vivo y soy oriundo de ese rumbo en particular, en donde el azul y el oro termina teñido de rojo en los barecitos enfrente de la Comer que está bajando el puente; sur, oriente y la división del norte se prolongan por mis venas, la barbacha del mercado, el puesto de "Ovaciones" en Acoxpa, las "muertortas", la tripa de Tenorios, la canchita de Vaqueritos... soy Águila, soy coapo, nací aquí, aquí me muero.

Y me dicen el “pasa” no por que parezca pasa, sino por que desde chiquito se me confundió por un pasado de verga en la cancha -la vida me llevó ahí- y cuando tus papás te echan el chorizo ese de que “la vida esta en tus estudios” -¡Cómo carajos va a ser esa mi vida si le dediqué tan poquito tiempo! ¿viejas? no tengo cara de pasa pero sí estoy re feo, mi tío Juve dice que "la del feo" de Rockdrigo me la escribieron a mí; pinche ruco, ni que estuviera tan carita el cabrón, además un compa le renta a mi tía un cuartito en la azotea, a ella y al de las copias de la clínica, al lado de los pollos; ¡Ah no! dos locales adelante. 

Todo empezó a los 6 años en la escuela, ya llevaba un par de años dizque jugando, pateando balones del número 3, mi jefe estaba muy emocionado por mí, quería que fuera el siguiente tocador de pelota, el siguiente 8, aunque él siempre fue fanático de Jasso, emblemático defensa de la época azulcrema que tuvo que soportar los estragos del “campeonisimo”; en fin, decidí salir jugando por la banda, recuerdo que por alguna razón el partido se jugó en las canchas de Banrural (ahí por donde estaba el Carrefour de Portales), venía exageradamente rápido, me había llevado a 3 niños de 9 que venían de escuelita privada y traían sus jerseys de Roberto Baggio que su papi les trajo del conocido viaje a Europa, ese que después de un par de meses te hace vender un coche.

Fue un quiebre a la Klinsman en contra de Colombia en 1990, como si estuviera quitándome las patadas brincando obstáculos, el Manríquez del número 4 tenia un chipotito y por alguna razón sentía que el chipotito me estaba casi amarrando a la pelota, esto me distrajo, empecé a no voltear a ver al frente, de pronto un golpe directo y a la cabeza con el codo del defensa me dejo en blanco, medio me levanté y todos -creo- estaban esperando mi llanto como el sonidito ese que viene antes de los casettes de Guerra de Galaxias (en donde dice THX); no lo hice, no lloré, me aguante, siguió el juego, el árbitro -un malcomido de closet- empezó a insultarme en voz baja “levántate pinche huevón, estás jodiendo el juego”.

El pase se filtra, corrí hacia el balón (unos años después mi tío juve me regaló un libro que se llamaba “el extranjero” en donde un guey de la nada entró en el mismo trance que yo), yo también miré al cielo, el sol me deslumbró, levanté los dos pies y los dejé caer muy adelante del balón, escuché un tronido, lo sentí en la suela del zapato, tibia y peroné. Ese gandallita no volvió a pisar una cancha con uniforme. 

El chillido que esperaban de mí le salió a él, ¡Cómo disfruté ese momento! observar el muñón y la cara de "ya valió madres" del papá, me expulsaron, se armó la golpiza y tuve que hacerme de un lugar en la fuente seca de División del norte y Brujas por unos años, llevándome con mis primos, acabándome sus traguitos de chela caliente para sentirme mas chingón. Dejé las fuerzas básicas por que no me querían ahí. 

Así llegué a los nueve años, en el terreno que usaban para circo que estaba enfrente de las puertas del club jugaba con mis primos, así que mis rivales me llevaban 4 o 5 años en el mejor de los casos y 19 en el peor. En un tiro de esquina -yo de pendejo- me aventé hacia el portero, caí y me zafé el hombro, esa fue la primera vez que vomité con licor, y la primera vez que entendí que el licor servía de algo. No se que hubiera pasado si mi jefa se entera y me lleva a la clínica, afortunadamente me lo acomodaron ahí mismo. 

El siguiente partido le dije a mi amigo Gil que me prestara sus spikes (él jugaba en la liga Olmeca) y lo convencí de que los pintáramos de negro. Llegué a jugar y en la primera jugada que tuve le llegué al tobillo a ese portero, lo fracturé y empezó a pegarme con sus puños, lo empecé a pisar con fuerza hasta que mi primo me detuvo, había mucha sangre. 

Esa noche mi primo llegó navajeado de la Culhuacán, había ido a madrearse para que no me dieran baje en la calle, salió bien. Cuando mi mamá se entero me puso una madriza de aquellas, me quedé a vivir con mi tío juve, mi papá no me quería ver. 

A los 12 empecé a trabajar en una tortillería (¡A la verga la escuela! leía muchos periódicos y sabía hacer cuentas. ¿Que?)

A los 14 llegó un entrenador de fuerzas básicas del "Ame" para hablar conmigo, me dijo que me tenía una chamba, ese guey y mi primo andaban moviendo anabólicos, en aquel tiempo sólo 2 jugadores de todo el plantel guardaban sus meados, y al club los árbitros les avisaban meses antes (Qué, ¿a poco sí creen que es tan fácil dejar incrustada la pelota en el bocinero del azteca de un despeje?)... en fin, desde el principio sabía que iba a ser como todo en mi vida: turbio, negro, culposo. 

-"Hay unos gemelitos que los andan perfilando para la selección quesque en unos años, van a jugar los dos muy cabrón y así, pero también hay otros que ya se peinaron con los meros dueños, ya sabes, ahijados, padrinos, pinches ricos... en fin, pagan y pagan muy bien, tengo $1000 si me echas la mano con estos, los papás no los quieren sacar, ya se habló con ellos de cómo va la cosa…" me dijo el entrenador. Era la primera vez que era solicitado por mis cualidades en el campo. 

Fracturar a alguien es como destapar una chela con el encendedor, el secreto es hacer palanca. Puedes ir a varias partes del pie, pero si no haces palanca, no pasa nada, te expulsan nada más. 

A los 26 me pagaban 2 mil a la semana para tronar banda; eran otros tiempos. Por primera vez iba a Cuautitlán Izcalli y me hacía pasar por necaxista; me mandaban al Irapuato y al Querétaro, regresaba al "Ame" y otra vez lo mismo, uno más queriendose pasar por progresista, no sobornando a los entrenadores y árbitros, otra carrera truncada bajo mis tachones.

Además de esos 2 mil me daban otros 2 a la quincena por ser defensa de 3ra escuadra. 

Tenia ahora 28, seguía pedo y soltero, ni siquiera me preocupaba por salir con alguien, ganaba solo 2 mil pesos más. Fui a comer a casa de mi papá un sábado en la tarde, estaba muy enojado con el club, me repetía miles de veces por qué había hecho todo mal, por que había nunca sido titular, por que nunca fui compañerista... a las 8 de la mañana -y después de varios Bacardí añejos- nos agarramos a golpes, lo dejé en el suelo escupiendo sangre, probablemente después de perder un par de dientes. Salí corriendo, esa fue la última vez que lo vi.

Esa mañana hubo entrenamiento de 12, había acabado el campeonato y el cuerpo técnico quería sacrificarnos. Ese día, ebrio, fracturé a tres defensas, llegué a la oficina del director deportivo (con una entereza que hasta la fecha no me explico), le dije todo lo que sabía acerca del club, cuerpo técnico y sobre todo personal médico. 

Me hicieron titular la siguiente temporada. 

Había cumplido un sueño sin aún entender por qué, no se me había dado la lección de mis pecados, mi padre trató de hablar varias veces conmigo pero no le contesté, prefería salir a la calle, encender mi Corvette y atravesar la glorieta una y otra vez con chavitas de prepa, un poquito de "Fifí y una botella de Jimador. Era imposible, era imparable. 

Me dejaron de decir “el pasa” por que si una ventaja tienen los comentaristas deportivos es que no te conocen desde chavitos. Me presentaron a la voz del Azteca, a Gregorio de la unidad 2, todos esos pequeños personajes del balompie coapense, estadios atascados, y el domingo por la noche llaves, llaves y mas llaves, mujeres buscando productores de televisión y horas felices en el Bar Bar. Los buenos tiempos.

Para tu DT , ser un buen central es saber detener cabrones, eran muchos 4 -4-3 pero nunca un 5-0-5, yo no distribuía balones, los arrancaba del pie. Me expulsaban, me suspendían, un gol menos que protegía era más dinero para ellos. Bebía, inhalaba, salía a jugar, a embestir, a matar.

Llegamos a la final, todos los días veía a mi ottorrino, nebulizaciones especiales para evitar goteos de sangre en los entrenamientos, empezaba a orinar marrón y aun así nunca olvidaba mi pachita, es cierto eso de que no recuerdo como llegué pero era el Azteca: estaba lleno, 12 pm, domingo, no soy titular por acumulación de tarjetas pero estoy en la vista del técnico, en mi pepsilindro micha de Bombay Sapphire, micha de Gatorade y un chingo de chicles. Si crudeo va a ser peor. 

Cada grito en el estadio era una navaja, escuchaba los pasos de los gemelitos, del defensa en las canchas del Banrural en cafetales, ¿que harán? ¿podrán siquiera vivir una vida digna sabiendo que tienen que lidiar con dolores crónicos desde los 9? se muy bien que uno de los gemelos perdió 2 dedos del pié por un problema de irrigación (su sangre era muy rara). La última vez que me lo topé no me reconoció pero tengo que decir que en un lugar como Perisur nunca habia visto a un marido pegarle tan fuerte a su mujer enfrente de sus hijos, enfrente de todos; estaba destrozado, no se acercaba al niño que había visto llegar de la mano de su padre amoroso, con su frutsi congelado, y su mami cortando naranjas, seguro esas naranjas estaban deliciosas... ¿Cómo estará mi papá? ¿Cómo estará mi mamá? Vivo a 5 cuadras y siempre los evito, ahora que acabe el torneo y ya me den mi contrato bien me voy a mudar de casa. 

Suena el silbato, fin del partido. Tiempos extras según reglamento, acaba mi suspensión, me mandan a la cancha mas después del movimiento del contrario -un medio por un delantero- ahora hay 2 centrales en la cancha. 

Mi padre me está viendo y apenas me puedo poner de pié. Mi cabeza. No puedo, estoy a punto de desmayarme cuando despierto, arrebato limpiamente, salgo jugando por una banda hasta llegar a la media, cambio de lado haciendo paredes a lo bestia, hasta quedar frente a un lateral; estoy del otro lado, me lo llevo por el extremo del costado, siempre dentro de  la cancha, el silencio me hace escuchar las groserias de todos mis compañeros, “pásala pasa”, aunque en la tele el Perro me decía “Gavilán del monte”. 

El ultimo defensa, es la misma jugada: este balón es mi padre, estas piernas su verdugo, pateé lo mas fuerte y le pego en el rostro al defensa, la pelota quedo en el aire. Salida falsa del portero, arrebaté el balón, a punto de salirse de la cancha, sin ángulo, sin portero, sin piedad, hice una pequeña palanca con él. Caí, se escuchó esa penetrante rrrrr cuando el polietileno y cáñamo de la red roza y frena el balón en sus fauces. 

Me levanto, corro hacia una de las salidas de automóvil, no regreso, sentía tras de mí la gloria inmerecida de una vida de errores; corrí, corrí hasta que no pude, le pedí al valet las llaves en la parte de atrás, me abrazó, lo empujé contra el piso y lo empecé a golpear ahí, no hizo nada, una vez indefenso fui al casillero de llaves y las quité, entré al coche y después de usar mi uña como contenedor de cocaína arranqué: no recuerdo cómo, pero abandonando el coloso, minutos por jugar aún llegué a Periférico; no hay un solo coche en la calle, todos están estacionados, ultimo balón dividido, los comentaristas del radio preguntándose por mí, no dejo de escuchar a uno de los gemelos usando ese bastón antes de los 30 golpeando a su esposa enfrente de todos, salgo en la lateral por el camellón, y mi primo nunca quedó bien de los navajazos, 100, 130, como se me antojan esas naranjas partidas de la mamá de los gemelos, 150, paso cardiología, 170, el muro de contención del IFE, aquí mero. 

Las bolsas de aire no sirven del todo, siento como de un momento a otro la parte de arriba del volante rompe mi traquea y el motor entra por mi espalda, frío, calor, frío, inconciencia, ahora la suela de mi zapato con mi pie adentro desorbita mi ojo, pierdo el conocimiento…

2 días después despierto en Medica Sur. La enfermera me saluda, "-Bienvenido a la vida." No veo nada, sólo muevo el cuello y los brazos. Y curiosamente, después de  un minuto de buscarme la pierna izquierda y no encontrarla, sonrío, perdí con mi pierna los fantasmas de mi vida. 

El directivo que llegó a verme del América me pidió firmar unos papeles, me dijo que el seguro cubriría los gastos, compraría una silla de ruedas de buena calidad, las rampas para mi departamento y 100 mil pesos que usé para poner mis abarrotes allá en San Tomás, a unas cuadras de la puerta 4 en un diminuto pasillito donde puse un catre y una tele, con una videograbadora y varios videos de mi única temporada titular compilados por Gregorio, que siempre viene aunque sea un ratito a ver como estoy. La gente ya no me reconoce, perdí un ojo. Se que mi padre murió y a mi madre le dejé el depa, las llaves se las dio mi primo. Pasan los años y sigo viendo esa estrella en el escudo, todo lo que no pude ser se concretó en un injusto momento en el que ya no pude. Soy feliz por que puedo dormir bien y recuerdo (o trato de hacerlo) el momento en el que la vida me puso en este carril, como ese libro del extranjero que me regaló mi tio Juve. Merezco lo que tengo por que en el balón está mi vida, y se las he arrebatado a muchos. 

jueves, 8 de noviembre de 2012

La justicia no juega al fútbol


Cuento que escribí hace poco más de 3 años, inspirado por -y dedicado al- Puebla y a los Indios de Ciudad Juárez del Clausura 2009, por tan sensacional temporada y por hacernos creer nuevamente en los milagros a todos los que nos gusta el fútbol. Ya lo había publicado en mi blog personal, mas no se por qué nunca lo había compartido en este espacio. Espero les agrade.

-Negros apestosos. –Gruñó en silencio Morales. El sudor le empapaba el rostro como un grifo descompuesto. –Esos malditos negros, negros apestosos. ¿Quién se creen que son para ganarnos?

El balón giraba aún dentro de la portería. La sombra en el pasto de un agitado pero satisfecho Zurdito Quintana jadeaba, mientras sus compañeros se aglutinaban en torno a él y lo felicitaban. Su sonrisa tenía en esos momentos un brillo muy particular, un brillo propio.

-Esos malditos negros, negros apestosos. –Repitió Morales–. Hace un año estaban en segunda, y hoy creen que pueden venir a anotarnos gol en nuestro propio estadio.

El fervor en la tribuna iba apagándose lenta, constantemente. Lo que hace apenas 8 días eran aplausos, ahora eran abucheos: Morales había estrellado el esférico en el estómago del portero de los Coyotes, algo ciertamente inadmisible para el campeón de goleo vigente.

-¿A mí qué me importan ellos? –Morales exprimía con evidente rabia la bolsa cuyo líquido hidratante manchaba la blanca playera que en su reverso mostraba altivo el “9”. El nueve del "Zopilote" Garibay, el nueve del "Torero" Rodríguez; el nueve de José María Figueroa, delantero implacable cuyo magistral cobro de penalti –con ese inmortal cañón que tenía de zurda- le había dado a las Panteras la Copa Interamericana, ¡el logro más grande en la historia del club!

Durante el medio tiempo, a Morales le dio un repentino escalofrío en el túnel rumbo al vestidor. Se recordó a los 9 años, detrás de la portería sur de ese mismo estadio, celebrando junto a su papá el gol del ‘Chema’ Figueroa, el día de la conquista de la Interamericana. Morales visualizó con toda nitidez el momento en el que sus ojos hicieron contacto con los de "Chema", quien sonreía vivazmente al tiempo que lo señalaba con su índice derecho. Para Morales, este evento había sido una “llamada del destino”, sabía que él de grande quería ser y sería, –se había repetido hasta el cansancio- como Figueroa.

En estos momentos, esos recuerdos le acarreaban una responsabilidad enorme: ahora era él el heredero del mítico número 9 de las Panteras, el equipo más exitoso y odiado de la nación. Tenía encima de sí a la afición, a sus compañeros de equipo, al cuerpo técnico, la directiva, a los detractores y –creía él– hasta las redes de las porterías, tantas veces acariciadas por balones pateados por él, quienes lo veían y sentían como el guía, el líder, el que ‘se echará el equipo al hombro’ y sacará adelante una eliminatoria que, al menos en el papel, lucía a modo. No podía fallar.

-Negro maldito, negro apestoso. ¿Quién se cree que es este Zurdito para quitarme las portadas y los reportajes que hasta hace una semana yo acaparaba? Morales se levantó y observó al número 8 de los Coyotes gemir y retorcerse de dolor en el suelo. -¡No manches, ni lo toqué! ¿Qué juego estás viendo? Le gritó al árbitro después de que éste le mostrara la tarjeta amarilla. Volteó hacia la banda, el Zurdito Quintana se había incorporado casi mágicamente de la camilla y ya trotaba como si nada. El jugador de los Coyotes le sonrió, y Morales escupió con desdén hacia el pasto antes de regresar a su posición.

-¡5 minutos de compensación! ¡No seas cobarde, no se perdió tanto tiempo en el partido! Ahora era Quintana quien era amonestado –por reclamar airadamente, se leería en el reporte arbitral–. Sin embargo, seguía sonriendo. De la banca le hacían señas, el partido estaba ya terminado y no había porque arriesgar más; la indicación era ahora que bajara a marcar. Morales estaba en el círculo de la media cancha, desolado e incrédulo ante lo que estaba pasando. Podía escuchar con toda claridad los cánticos recriminatorios por parte de las porras, y ante ello optó por mirar hacia el cielo. El brillo lo deslumbró, y por un instante vio frente a sí de nueva cuenta el índice del Chema apuntando hacia él, pero ahora no sonreía.

-Fallaste, me fallaste. ¡No eres digno de portar mi número!, ¡no eres digno de jugar en las Panteras!

Esas palabras retumbaron en su cabeza. No sólo había desperdiciado otro par de acciones claras de gol; sino que, aún más, los Coyotes -ese equipo que hace apenas un mes peleaba por no descender a segunda división- les arrebataba en su propia casa el pase a la final del torneo; jugando un fútbol alegre y dinámico, además de poner en ridículo a nivel nacional al conjunto que era señalado por los analistas, críticos y expertos como el favorito para salir campeón.

-No es posible, malditos negros, negros apestosos. –Morales se llevó las manos al rostro en cuanto el árbitro levantó sus brazos y silbó, indicando el final del partido.

-La verdad es que siempre te he admirado, y ojalá pueda llevar mi carrera como tú. –El Zurdito Quintana le entregó su playera a Morales, le dio un par de palmadas en su hombro desnudo y se alejó. –Gracias, -murmuró Morales y se dio vuelta para observar a Quintana siendo literalmente devorado por una creciente horda de camarógrafos, fotógrafos y reporteros. Era sin duda el hombre del momento.

-Maldito negro, no creo que corras con tanta suerte, ni que esta vida te dure mucho. Disfruta el sueño ahorita, que mañana despiertas. –Morales sonrió maliciosamente y avanzó con cierta lentitud rumbo al vestidor. -Una lesión, una pelea con algún entrenador o con algún directivo, problemas económicos, que el día de mañana se lleven a los Coyotes a jugar a otra ciudad y con otro nombre… en dos años nadie se acordará de ti, y mi retiro será el evento futbolístico del año. –Morales volteó a ver la cancha por última vez. Estaba seguro que, como tantas otras veces había atestiguado, el tiempo le daría la razón, sus palabras se volverían realidad.

-Maldito negro, negro apestoso. Te falta aprender aún que la justicia no juega al fútbol.