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lunes, 30 de abril de 2012

A propósito del día del niño...

 Hay algo mágico en la inocencia. Es una etapa tan feliz y tan efímera a la vez, que nos gastamos la vida en nostálgicos y vanos intentos de recuperar y revivir esos cándidos años conocidos como “la infancia”; no es casualidad que incluso se tenga un día especial para celebrarlo.

El fútbol, como muchas otras cosas, sigue siendo en esencia un lugar destinado para el niño. Y no me refiero con ello a que sólo los infantes, los menores de edad tienen derecho a disfrutar del juego, sino que todo aquel que se dispone a jugarlo, por noventa minutos deja que ese niño interior al que tanto añoran –o que tano han escondido, dependiendo del caso- pueda dar rienda suelta a esas emociones primarias que lo mueven, que lo nutren, que lo definen. Jugar al fútbol no implica tener un balón de moda, portar una playera vendida por millones alrededor del mundo, pisar los campos más exclusivos, salir en el último comercial de una marca deportiva ni tampoco el ser retribuido económicamente por ello; todos son valores añadidos culturalmente. La esencia del juego es divertirse, es soñar e ilusionarse, es construir la realidad a partir de la fantasía y la emoción de hacer las cosas por el simple hecho de disfrutarlas.

Cuando la pelota rueda –y no necesariamente tiene que ser una pelota, una lata vacía o una piedra bastan- dejamos salir a ese niño, ese que muchas veces callamos y desoímos con nuestro confort, con nuestras tribulaciones, nuestros problemas, nuestros prejuicios y nuestras propias barreras. Cuando metemos un gol, el grito es sincero; cuando fallamos, la culpa también lo es. Que nunca se nos olvide el origen, algunos podrán ser superestrellas del balompié, pero ¿cuántos de ellos siguen sonriendo al patear el balón en Wembley o el Azteca como cuando gambeteaban en el barrio?   

Esa es la sonrisa que nunca debemos dejar que se borre, por más fama, alcohol, dinero y mujeres que nos rodeen. Ese es el niño interior que todos llevamos dentro y con el que debemos aprender a convivir, al que debemos cuidar y nunca, pero nunca dejar de querer.

Feliz día del niño a todos ustedes.

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